La pantalla de plasma del comedor no es solo una fuente de entretenimiento, se trata de la agenda más efectiva y potente a la que los ciudadanos se ven unidos, ella dice cual será el tema de conversación el lunes por la mañana con los compañeros de trabajo, en cierta forma determina qué asuntos utilizaran los hombres y mujeres para socializar.
Tal vez los resultados de un equipo de fútbol, el escándalo mensual de corrupción política o la septima edición de un reality de éxito.
Podría decirse que la tele es, en cierto sentido, el cordón umbilical que une a los ciudadanos.
Alguien coge el mando a distancia y la enciende, un tipo con pinta afectada comenta la desaparición y homicidio de una joven, unos minutos después pide a la audiencia que envíe mensajes de texto para entrar en el sorteo de un coche.
Tras volver de la publicidad finge un tono de voz compungido y reintroduce en el programa la tragedia de la chica.
Ya se ha interiorizado como algo normal que se mezcle un concurso con un asesinato.
Sin embargo la televisión, tal como se conoce actualmente, es un reo esperando la cámara de gas.
Es indiferente que los propietarios de los medios traten de retrasar lo inevitable, el gobernador no va a aplicar un indulto que es imposible, Internet actúa como un vehículo para que los ciudadanos pueden construir la estructura de sus contenidos.
Ya no se consume información de manera pasiva, ya no se espera a que a las 21:00 llegue el siguiente telediario o a que en Septiembre La Sexta empiece a emitir la nueva temporada de "The wire", ya no puede rellenarse el pavo de una película con innumerables castañas publicitarias.
La televisión, a día de hoy, se encamina a ser una gasolinera que vende cintas de cassette de Los Chunguitos a los cuatro desnortados que desconocen lo que es un CD.
En un mundo hipertexto, asíncrono y atomizado los medios han de tener ese mismo espíritu, en un mundo donde el ciudadano medio cocina su tiempo libre dependiendo del reloj del microondas no puede hacérsele esperar, en un mundo en el que cada hombre y cada mujer cambian constantemente de pareja no puede exigirse el matrimonio de la puntualidad.
La parrilla estática de la televisión no puede competir con la descarga de contenidos, la versatilidad de un gran periódico online y el nivel de participación de sus foros.
Entro en uno de ellos.
Alguien me llama fascista.
Hay cosas que no cambian.
En España es una palabra que ya no tiene ningún sentido, es un término trivializado, estúpido, un "cuatrojos" de patio de colegio que se aplica a cualquiera, algo que vale para un roto y un descosido.
Fascista es el tipo que levanta la voz, fascista es aquel que vota al PP o incluso al PSOE si vive en un pequeño triangulo identitario del norte de la península, fascista es un profesor que me suspende o un marica que no me saluda, fascista es, en definitiva, cualquiera que no esté de acuerdo conmigo, lo es todo y por tanto también absolutamente nada.
Es un mundo hipertexto donde cada cual se embosca entre las ramas del anonimato.
Es ruido.
Sanchez-Dragó y Marin Varsavsky discutiendo de blog a blog.
Es un hilo de comentarios acerca de si "Roma" es mejor que "House", ver una película con el portátil sobre tus rodillas.
El futuro, ese cobrador del frac que siempre se retrasa, ya está golpeando el cristal, lo hace con la insistencia del que solo recibe un salario a comisión.









